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Entremos en el oído

Jean-Pierre Lantin hizo una cura bajo el oído electrónico y comprobó sus capacidades de escucha.

Viaje por un laberinto fabuloso: el oído

Artículo publicado en ACTUAL marzo 1990

Traducción: Eulalia Amat Amell 2010

Entremos en el oído por el pabellón, ese buñuelo retorcido, que en el hombre se ha convertido en un trozo de cartílago sin gran importancia.

El pabellón de la oreja sirve, en los mamíferos, para orientar y concentrar los sonidos en dirección al tímpano, pero nuestros lóbulos aplanados son solamente un vestigio de la evolución. Podemos consolarnos pensando que los pájaros y los delfines no tienen ese lóbulo externo, solo un pequeño agujero en el cráneo. Sin embargo oyen mejor que nosotros.

Avancemos unos centímetros en el conducto auditivo, hasta el tímpano. Lo esencial en el oído comienza aquí y la anatomía se complica de modo alarmante.

Imaginad una pequeña membrana tendida, una especie de piel de tambor de un centímetro cuadrado, que resuena. Ahí el misterio comienza, el tímpano vibra, cierto pero su movimiento es ínfimo.

Para los sonidos agudos el movimiento es de menos de un argström, la décima parte del diámetro de una molécula de hidrógeno: una energía totalmente insuficiente para transmitir el mensaje al cerebro.

Habrá que amplificar ese sonido. Es el rol de los perfeccionados mecanismos que le siguen, el oído medio y el oído interno. Unos puntos de conexión, fantásticamente miniaturizados y precisos, parecen un racimo de cosas pegajosas, salidos de una mente mezcla entre Salvador Dalí, Jérôme Bosch y Alien. Un encadenado de huesecillos, músculos, membranas, vesículas, tubos, canales y cavidades…

Se descubre ese cafarmaum bajo el Renacimiento Italiano, en el siglo XVI, gracias a los grandes anatomistas diseccionadores como Vésale, Ingrassia, Eustachio y Fallopio. Cuatro siglos más tarde, todavía no todo se comprende…

Encontramos primeramente el hueso del peñasco que todo lo cobija: una escultura ósea, una excrecencia del hueso temporal, denso como el marfil, el bloque más duro de todo el esqueleto humano. Era necesario para proteger esos mecanismos de precisión.

El primero, el oído medio, ocupa el volumen de un terrón de azúcar: un engranaje de tres huesecillos en un espacio de un centímetro: el martillo, el yunque y el estribo (éste de una talla casi como un grano de arroz) El sonido se propaga de uno a otro y también por <conducción ósea> y repercute en otra membrana, la <ventana oval>, un mini tímpano de un milímetro cuadrado. En ese corto viaje el sonido se ha concentrado ya amplificado por ciento ochenta.

Pero el oído medio sirve también para defenderse del sonido. Protege los órganos más delicados, agazapados tras la ventana oval. En caso de sonido extremo los músculos tensan el tímpano y hacen retroceder a los huesecillos.

Entramos en el santuario del oído: el laberinto, el oído interno. Dos vesículas, tres tubos curvados a modo de asa y una ensaimada enroscada como un caracol. Todo el conjunto de un tamaño de la punta del dedo meñique. Aquí todo está bañado en un líquido.

El oído interno protegido en el fondo del cráneo, un vestigio acuático, un microcosmos del océano primitivo. La audición nace en el agua, al igual que en todas las criaturas vivas. El agua es mejor transmisor del sonido que el aire, más rápido y mucho más vibrante.

En ese laberinto hay dos órganos, cada uno conectado directamente con el cerebro, cumplen dos funciones diferentes. El primero y más antiguo en la evolución se llama vestíbulo, está formado por dos sacos y tres tubos curvados a modo de asa, es el órgano del equilibrio, informa al cerebro de la posición del cuerpo, y de sus miembros, en el espacio. ¿Cómo? Gracias al juego de las vibraciones internas que en esos tubos sacuden los miles de piezas de calcio que se encuentran en suspensión en una capa de aspecto similar a una especie de jalea. Cuando el sistema se colapsa, sobrevienen los vértigos, la persona no es capaz de sostenerse en pie.

El segundo órgano del oído interno, como clave de vuelta de la audición, se llama cóclea y posee una estructura de caracol. Su funcionamiento ha sido por mucho tiempo un misterio. Hasta Georg von Békésy, en 1948. Este ingeniero de teléfonos de Budapest, ese genial constructor de maquetas de oídos, modelados en metal y en caucho, herramientas de micro-cirugía y procedimientos micro-fotográficos, pudo visualizar el trayecto del sonido en cócleas disecadas. Obtuvo el Premio Nóbel en 1961. El oído le fascinaba, descubrió que el mini-tímpano de la ventana oval sacude los líquidos internos creando ondas.

Esas ondas se propagan a lo largo de la cóclea, dan tres vueltas y media en esa rosca, y se disipan sobre una membrana. En ese recorrido cada onda llega a un pico de ondulación, en un punto determinado de la cóclea. Impacta en la membrana enrollada en el interior de la cóclea, fina y tensa en la entrada y densa y mullida en el interior del caracol. Las frecuencias agudas se sitúan en la parte tersa y fina y los graves en la mullida y densa, entre los dos extremos se distribuyen el resto de frecuencias. De ese modo se distribuye mecánica y geométricamente la distinción entre sonidos.

En ese estadio falta otra etapa a superar, entre la energía mecánica del sonido y la energía eléctrica en el cerebro. Esa es la tarea de las veinticinco mil células de Corti, distribuidas a lo largo de la superficie gelatinosa de la membrana. Cada una de esas células es a la vez un captor y una central eléctrica. Como en todas las células, la central eléctrica es una mitocondria, pero el captor es un apéndice único en su género. Con él conectamos con la prehistoria absoluta del oído. Como todo primer órgano sensorial, el primer esbozo de consciencia en un ser vivo, ese captor ancestral, es el pelo.

Si, el pelo, los biólogos prefieren el término cilio, hablan de células ciliadas, pero en inglés se llaman “hair-cells”, células peludas.

El cilio nos remonta a uno de los seres vivos más antiguo: el flagelo, compuesto de única célula, provista de un único pelo, que le permite propulsarse en el agua y captar las vibraciones de su entorno.

Ese ancestro da lugar a las células auditivas peludas, en cada célula, y así por decenas y centenas. A su alrededor se establecen órganos, evolutivamente unos tras otros. La construcción calcárea que flota en la vesícula, el oído primitivo, es una invención de las medusas microscópicas. En los ostracodermos encontramos los primero canales del vestíbulo, son los primeros animales con un esqueleto de hace trescientos millones de años.

La audición fina aparece con los primeros animales terrestres. El tímpano y los huesecillos aparecen en los batracios, las primeras cócleas en los saurios y los pájaros. Todos tienen un oído líquido en el fondo de su cráneo, salvo los insectos que poseen solo un tímpano, una pastilla pegada en el tórax, en la base de las alas o en las patas. Simple pero eficaz, muchos insectos perciben ultrasonidos.

Los oídos más perfeccionados de la creación: los de los murciélagos y los delfines. Los dos practican la audición por eco-localización. Lanzan pitidos, gritos muy agudos y analizan el eco que les llega, con ello se hacen una imagen mental del mundo que les rodea más preciso que el de la vista. Eso exige una superagudeza, hipersensibilidad en los agudos. La gama de audición de frecuencias en los humanos, en hertzios, es aproximadamente de 100 a 20.000 Htz., más allá están los ultra-sonidos, los murciélagos perciben hasta 120.000 Htz y los delfines hasta 170.000 Htz.

¡Todo eso gracias a las células peludas o ciliadas!

El pelo todavía no nos ha revelado todos sus misterios. En los años ochenta hubo una revolución, desde entonces el pelo desafía a la ciencia.

A partir de los trabajos de von Békésy, quedaba pendiente una duda. Los cálculos que nos daban los físicos sobre la transmisión de las vibraciones no justificaban suficiente amplificación como para llegar al cerebro.

La solución apareció a partir de 1978. Dos investigadores, un inglés y un sueco presentan una nueva teoría sobre el pelo. Después de años de desconfianza de sus colegas, obtuvieron la consagración final: un artículo en la revista Nature, la Biblia mensual de los biólogos. Su descubrimiento: dos capas de células ciliadas y dos funciones distintas para el pelo. En la capa interna, los cilios sirven como captor sensorial, pero en la capa externa la maquinaria es muscular. Una célula sensorial capta pasivamente las vibraciones gracias al desplazamiento del pelo. Una célula muscular acciona por si misma el pelo, lo contrae, crea la energía.

Hemos encontrado el amplificador que nos faltaba. Pero nos queda todavía un enigma: ¿cómo se transmite el sonido a escala atómica y subatómica? Si tomamos las intensidades ínfimas y los sonidos muy agudos. Según los cálculos los pelos deberían ser bombardeados, al mismo nivel sonoro, por los ruidos parásitos salidos de su propia maquinaria-actividad celular. Pero no es así, solo se toman en cuenta los venidos desde el exterior. Respuesta probable: intervendrían unos fenómenos de <orden por fluctuación>, una bioquímica <aparte del equilibrio> (como le gusta decir a Prigogine) que estamos empezando a poder analizar, con ayuda de unas ecuaciones de la física cuántica y de las matemáticas del caos.

Por su parte, la ciencia del cerebro aporta también elementos nuevos. En el cerebro ya no hay sonido en tanto tal, sino un código de impulsos eléctricos que sigue un recorrido complicado, a través de cinco o seis puntos de conexión sobre los cuales hay mucho que descubrir todavía. Se ha descifrado el código eléctrico, un neurólogo francés, Patrick Macleod, pudo crear las primeras prótesis auditivas directamente conectadas al cerebro.

En cada paso de esos puntos de conexión, el mensaje sonoro sufre un filtrado sufriendo una eliminación progresiva de información considerada inútil. Una parte de los sonidos es percibida sin participar la atención como un <ruido de fondo>. Otra parte, estudiada estos últimos años por un equipo canadiense, no llega ni a la consciencia: sonidos minúsculos, imposibles de oír, subliminales.

¡Sin embargo una parte del cerebro los percibe incluso cuando están mezclados con música audible! Se ha probado en pacientes bajo hipnosis que pudieron reproducir unas frases que se le habían susurrado como <sonido subliminal> Esa técnica sirve hoy como base en la música de relajación y los investigadores esperan encontrar aplicaciones psicoterapéuticas valiosas.

Nuestro oído posee, pues, una sensibilidad vertiginosa, increíble, espectacular. Es un ingenio fenomenal y dotado, porqué no, de poderes todavía por descubrir, difíciles de imaginar hoy.

Ahí es donde interviene Alfred Tomatis, el investigador entusiasta del oído. Un francés de avanzada edad que desde los años 50 acumula descubrimientos. Algunos le consideran iconoclasta, otros hasta charlatán, pero miles de músicos y cantantes, así como sordos, tartamudos, niños con discapacidades, o depresivos, han utilizado sus aparatos de reeducación del oído. He necesitado unos tres meses para hacerme una idea, una opinión. Incluso yo he prestado mis oídos, también yo, a sus curiosos cascos y sus sonidos filtrados.

He ahí la historia, entre 1945 y 1950, Alfred Tomatis, joven médico ORL (oto-rino-laringólogo) trataba a los empleados y obreros de los Arsenales de Aeronáutica, personal que trabajaba en un ambiente terriblemente ruidoso. Con sus propios ahorros instaló en el sótano del taller industrial, la carbonera, un laboratorio en el que medía las curvas de audición, es decir la sensibilidad a diferentes frecuencias sonoras, de las más graves a las más agudas. Y aparecieron las primeras sorpresas.

En primer lugar el <audiograma> de un mismo obrero podía variar según sus expectativas sobre la futura utilización de esos datos – si temía perder el empleo o si esperaba obtener una pensión de invalidez – sin falsificarlo conscientemente: el oído se ajusta y funciona de modo autónomo, sin que se le haya dado indicación. Segunda sorpresa, los obreros desarrollaban sorderas selectivas a unas frecuencias que les son más agresivas, pero que si el obrero abandona el trabajo o se retira, con el tiempo recupera espontáneamente la audición normal. Conclusión: el oído interviene activamente en la percepción selectiva de los sonidos, por mecanismos hoy por hoy desconocidos.

A base de recoger audiogramas, Tomatis constató similitudes asombrosas: enfermedades, tipos físicos, rasgos de carácter, etc. aparecían en las curvas de audición, en forma de sordera o de hipersensibilidad a determinadas frecuencias.

La segunda secuencia de experimentos la hizo con los cantantes de ópera, colegas de su padre, conocido cantante de ópera, también ahí encontró lo imprevisto.

Los cantantes fatigados, con dificultades de fonación, creían tener un problema en la laringe, pero los medicamentos no producían ningún efecto. Se sorprendió de no encontrar relación alguna entre forma y talla de la laringe y la tesitura vocal – bajo, barítono o tenor. Por si acaso, y a falta de otros instrumentos, les pasaba los tests audiométricos similares a los establecidos a partir de los resultados de los obreros. La curva auditiva aparecía muy específica para cada tipo de voz. Encontró en ellos algunos “agujeros” o “escotomas”, es decir pérdidas auditivas en determinadas frecuencias, de modo que sus oídos, estropeados por el volumen sonoro que soportaban noche tras noche, percibía mal algunas de las frecuencias agudas, correspondientes a los armónicos de las notas que no lograban cantar con la afinación correcta.

Y Tomatis presentó su primera afirmación de modo abrupto: <Cantamos con nuestro oído>

¿Se podía hacer algo más? Con un casco o un altavoz, se pueden suprimir o reforzar algunas frecuencias, gracias a unos determinados filtros. Tomatis colocaba sobre la cabeza de sus pacientes unos cascos y les hacía cantar mientras manipulaba esos filtros. Sus hipótesis se confirmaron. Todo cambiaba: el timbre de la voz, el sentido del ritmo, la afinación, el dominio de la técnica…

Se divertía incluso analizando y reconstruyendo, a partir del análisis de la voz registrada en los discos, la curva de audición de Caruso, el legendario cantante, de su admiración. Cuando instalaba en un casco una <escucha al modo de Caruso> sus pacientes, cantantes o no, comenzaban a vocalizar con el mismo timbre que Caruso y además conseguía darles una gran energía, sintiéndose eufóricos. (Caruso, como consecuencia de una operación, estaba prácticamente sordo del oído izquierdo y oía muy poco las frecuencias bajas o graves).

Los efectos registrados llevaron a poner atención sobre el oído derecho. Cuando suprimía la audición a la derecha, un cantante perdía todo el control de la voz. Conclusión: existe un <oído rector o director> que controla la voz, tanto en el canto como en el lenguaje hablado. La razón: cada oído comunica directamente con el hemisferio opuesto del cerebro, y el oído derecho comunica con el hemisferio izquierdo, el del lenguaje.

Un día, Zino Francescatti, el gran violinista, notó un malestar en los brazos y en los dedos al pasar bajo algunos de los filtros, y Tomatis encontró una nueva dirección de investigación: cuando se modifica la audición, la voz cambia, pero también la postura, el control de los movimientos, el humor. Todo el cuerpo reacciona, y la cabeza también.

Evidentemente, el efecto funciona bajo los cascos. Pero… y si se pudiera hacer ese efecto de modo durable… Tomatis construyó un sistema de <báscula> entre los filtros que hacen pasar instantáneamente de la escucha normal a la escucha deseada y viceversa, con una periodicidad determinada, y durante un tiempo…

Y lo consiguió. La curva auditiva se transforma, el oído aprende a percibir ciertas frecuencias o a <atender preferentemente> los sonidos a la derecha. Podía curar unas sorderas, unos problemas vocales y tal vez otras cosas. Tomatis registró el sistema de funcionamiento de la máquina en 1954 con el nombre de Oído Electrónico.

Al principio de los años 50, Tomatis empezó a desbrozar un nuevo campo de trabajo, que le preocupó y le ocupó hasta el final de sus días, y que llenan una gran parte de las actividades de sus centros: el lenguaje.

Si tienen dificultades en comprender o en pronunciar el inglés, se debe a su oído que no llega a percibir algunas frecuencias agudas, muy habituales en el inglés. Algunas lenguas son más ricas que otras en frecuencias extremas – el ruso, por ejemplo. De ahí la facilidad desconcertante de los rusos para aprender lenguas. ¡Y las dificultades de los franceses y los españoles! Pues esas lenguas, por desgracia, se mueven en una gama o banda de frecuencias muy estrecha y limitada, hacia las frecuencias bajas del espectro sonoro.

El Oído Electrónico llega a condicionar la audición, hace que el aprendizaje sea más rápido. El método se aplica hoy en día no solamente en los centros Tomatis, sino también en los laboratorios de lenguas distribuidos por todo el mundo.

Las primeras experiencias en los institutos dieron unos resultados curiosos: los alumnos mejoraron también en otras asignaturas, su memoria y su atención aumentaron, en especial en los <disléxicos>, esos pobres diablos que no son tontos pero que tienen dificultades para concentrarse en clase y no consiguen aprender la sintaxis y la ortografía. Pronto Tomatis les propuso unos nuevos programas de sonidos filtrados.

Los disléxicos, según él, sufren unos bloqueos auditivos. Sus oídos están cerrados por razones psicológicas, que se remontan a su más tierna infancia, a las frecuencias que vehiculan el lenguaje y no han adquirido la <lateralidad>, la escucha regida por el oído derecho. En eso también el Oído Electrónico puede modificar positivamente la situación.

Decididamente, Tomatis encontró una pista que le llevó muy lejos del punto de partida. Y no se habían terminado las sorpresas. Las ideas se atropellan en su cabeza, experimenta sin cesar. Es un trabajador incansable, solo piensa en eso, dedica su vida a ello, entre todo su arsenal electrónico, y como todo ese material cuesta cantidades astronómicas, se endeuda hasta las cejas, tiene que trabajar más y más, opera por todo París bisturí en mano, tanto las amígdalas como los oído internos de los sordos.

En aquella época, en 1955, pesa ciento veinte kilos, tiene un eccema y asma y para colmo ¡sufre tres infartos!

Persuadido de que no le quedan muchos años de vida, Tomatis redobla sus esfuerzos en el frente teórico y expone abiertamente sus ideas, heréticas, sobre la naturaleza del oído humano.

Según él, a partir del tímpano, el sonido se transmite por conducción ósea hasta la cóclea. El rol de los tres huesecillos, de los músculos que los accionan y de los fluidos internos no consiste en transmitir el sonido, sino bien al contrario están ahí para amortiguar el sonido, para regularlo, con el fin de adaptar la audición al entorno acústico y a las necesidades inconscientes del cerebro. Lo que explica el bloqueo auditivo de origen psicológico y el efecto de la reeducación electrónica.

Otra herejía de Tomatis: el vestíbulo hace mucho más que asegurar el sentido del equilibrio, ejerce un control sobre todo el conjunto del cuerpo: los miembros, los órganos, los músculos y la piel. De ahí el reflejo de las enfermedades y de las particularidades físicas en la curva de audición, y el efecto de retorno de una reeducación sobre todo el cuerpo. Hoy, unos centros Tomatis en Italia tratan la escoliosis bajo el oído electrónico.

Tercera herejía: la detección de los sonidos no es más que una de la funciones del oído. La otra función, tan importe o más que esa, es que asegura la recarga del cerebro del potencial eléctrico ¡que necesita!

Tomatis se apoyó en los trabajos de unos neurólogos canadienses que estudiaron la privación sensorial: un cerebro necesita estímulos, tres millones de impulsos por segundo durante por lo menos cuatro horas y media diarias… Según Tomatis, el noventa por ciento de esos estímulos proceden del oído y en especial de los sonidos agudos, ya que en la cóclea algunas centenas de las células ciliadas captan los sonidos graves y muchas decenas de miles captan los agudos.

En resumen, el oído es mucho más de lo que se cree: ¡no solamente es un órgano sensorial sino que es un <integrador> del cuerpo y una dinamo para el cerebro!

De hecho, Tomatis estaba tan entusiasmado con su interés temático, el oído, que lo convirtió en el alfa y el omega de la condición humana: todo lo que somos, se lo debemos al oído, o mejor aún a la Escucha, la gran fuerza inductora que pilota la evolución de las especies, para convertirlos en captores cada vez más sutiles y perfeccionados, en antenas a la escucha del universo.

De modo que es el oído el que provoca la elaboración del sistema nervioso, desde el pelo del flagelo hasta nuestro cerebro esculpido por y para el lenguaje. Y es para oír mejor que nos sostenemos de pié. Las adendas sucesivas en el oído interno empujan a la especies, poco a poco, hacia la verticalidad. Y lo que nos espera… Tomatis confesaba que imaginaba, descaradamente místico cuando pensaba en el futuro lejano, una Escucha que se extendería hasta los confines del universo y hasta el Verbo divino.

El oído con toda su potencia nace en la noche de los tiempos, pero también en la <noche uterina>. Y ese fue otro polo de sus investigaciones. Hacia 1955, Tomatis es el primero, y por mucho tiempo el único, en sostener una hipótesis hoy en día indiscutible: en el vientre de la madre el feto escucha.

Los indicios: el oído es el primer órgano sensorial en aparecer en la génesis del embrión, desde las primeras semanas del embarazo. Y el único que está completo y en estado de revista mucho antes del parto, a los cuatro meses y medio aproximadamente. Otra pista: los pájaros incubados por una hembra de otra especie con un canto diferente al propio, adoptan desde su nacimiento el canto de la madre que lo incubó, y en la misma línea de pensamiento está demostrado que los recién nacidos humanos son capaces de distinguir, en los segundos que siguen al parto, la voz de su madre de entre la de otras mujeres.

El trabajo de Tomatis: en primer lugar, grabar los ruidos intrauterinos con micrófonos aplicados sobre el vientre de las mujeres embarazadas. El resultado ofrece una banda sonora bastante dantesca: se escucha el martilleo del latido cardíaco, la resaca de la respiración, el fragor de la digestión, los gorgoteos de los líquidos internos, y todos los rozamientos provocados por los movimientos de la madre: ¡la gran orquesta visceral!

¿Eso es lo que verdaderamente oye el feto? No, explica Tomatis. Hay un efecto de retrotracción imprevisto. Esos ruidos son demasiado agresivos, demasiado abrumadores. Si el feto verdaderamente los estuviera escuchando, se sentiría aturdido permanentemente. Su oído ha tenido que cortar la banda pasante o gama sonora de la parte demasiado aturdidora, y percibe sobre todo los sonidos agudos, por encima de 1000 hertz.

¿Y qué es lo que oye? ¡Ante todo la voz de su madre! Le llega por conducción ósea, a través de la columna vertebral, para amplificarse en la caja de resonancia formada por la pelvis. Ese murmullo sobresaturado de agudos es de hecho nuestro <baño sónico> prenatal, del cual conservamos para siempre el recuerdo, escondido, inconsciente, pero indeleble…

La primera demostración sucedió por casualidad. Tomatis dio a escuchar a un amigo una reconstrucción de un <parto sónico>, el paso de la audición líquida, intrauterina, a la audición aérea. El amigo estaba acompañado por una niña, su hija de nueve años, que asistía pasivamente a la sesión. De repente la niña comenzó a gritar: < ¡Veo dos ángeles blancos! ¡Veo a mamá! >. Estupefacción general, le pidieron que dijera como estaba y ella se tumbó en posición de parto, con las piernas separadas: <Así…> dijo.

Algunas semanas más tarde, Tomatis recibió a Françoise Dolto, psiquiatra famosa. Ella había oído hablar de parto sónico y quiso hacer algunas pruebas, una con un paciente esquizofrénico de 11 años, que, según ella <no había nacido>. Tomatis explica:

<Era un niño infernal, irascible, que se movía sin parar, no podía estar quieto sentado en un lugar, lo rompía todo a su paso. En el momento que el pulsador de puesta en marcha se apretó, todo cambió, se detuvo inmediatamente, luego se dirigió tranquilamente hacia la puerta donde pulsó el interruptor y apagó la luz.

<Le vimos deslizarse ante nosotros, fue a sentarse sobre las rodillas de su madre, le cogió los brazos, con ellos rodeó su cuerpo y recuperó la posición fetal>

El parto sónico tuvo lugar la semana siguiente.

<Yo me estaba ocupando de los filtros descendentes hacia el parto sónico. Los filtros se volvían menos potentes, permitiendo sucesivamente el paso de los sonidos cada vez más graves. El chico se puso a balbucear, como lo haría un bebé. Cuando la cinta terminó, se levantó, se dirigió al interruptor, encendió la luz y volvió al lado de la mujer. Era invierno, la madre había permanecido con el abrigo puesto, que simplemente lo había desabrochado. El niño le abotonó el abrigo>.

Para Dolto, el símbolo era claro. El niño por fin había dejado su madre y había cerrado el orificio.

Pero, un poco más tarde, tuvo una recaída y trató de autolesionarse arañándose la cara. Dolto dedujo que la técnica era demasiado violenta e imprevisible, y prefirió detener el experimento. Tomatis, por su parte, persistió. Dedujo que sin duda había ido demasiado rápido, había que afinar y mejorar el método. En cualquier caso, con la voz de la madre filtrada, Tomatis dispuso de una nueva herramienta terapéutica y de experimentación.

Fui a escuchar el recuento de los resultados en el centro Tomatis de Paris, en dónde se atiende a gran cantidad de niños – desde el pequeño completamente zombi, hasta la joven bobalicona que se desternilla de risa. En la sala de los magnetófonos, un técnico me ofrece unos cascos y en ellos escuché….

¡Cómo un canal Plus encriptado!…. Honestamente, es la mejor comparación que se me ocurre. Estrictamente nada que ver con una voz humana, en todo caso una elaboración electrónica muy aguda. Un ruido atroz, créanme.

Luego “la de la bata blanca” me llevó a la sala de los niños, llena de cojines y de juguetes. Allí hay cuatro marmotas, con unos cascos en la cabeza, y de golpe se ponen a llorar ¡a lágrima viva! A su lado, otro pequeño encasquetado y con una cinta en la cabeza, canturreando <ma-ma, ma-ma>.

Impresionante.

                                                   Jean-Pierre Lentin

 

Durante dos meses yo hice la <cura Tomatis>

A través del oído, se tratan todo tipo de problemas psicológicos. Yo llegué con mis pequeñas neurosis, y me calcé los cascos….

         El Centro Tomatis de Paris: frente al parque Monceau, un inmenso apartamento con techo artesonado, transformado en laberinto. Cabinas, despachos, salitas, sala de máquinas, montones de magnetófonos…

Para mí, todo comenzó en una cabina minúscula, para mi <test de escucha>. Levanto la mano y digo que oigo los sonidos electrónicos que se me envían a través de los cascos, luego con unos <vibradores> puestos en la frente y detrás de la oreja. Luego una aparato que analiza el espectro sonoro de mi voz. <Sígame, el Profesor le recibirá>.

Una “bata rosa” me introduce en una gran sala casi vacía: dos esculturas, un cesto de flores, una mesa de despacho de plástico negro, sin nada encima, salvo el resultado de mi test. Y detrás, rígido como la Justicia, cabeza calva y brillante como un huevo, Alfred Tomatis. Sonriente, delgado, con una túnica con cuello redondo, no aparenta sus edad. Con respecto a sus orejas, son francamente fuera de normas – ¡dos pequeñas coliflores sobresalientes!- me dice: <Tiene usted un buen oído derecho, un oído musical, de lingüista o de psicólogo. ¡El problema es que no lo utiliza! Lo hace pasar todo por el oído izquierdo, lo que le resta, le hace perder mucha energía, puesto que el circuito neuronal es más largo. El bloqueo comenzó en la infancia, eso aísla y atenúa la comunicación. Bien, vamos a recomponer todo eso de arriba abajo. Verá, ¡va a tener una capacidad de concentración colosal!>

Próxima entrevista al terminar las sesiones. Tengo que pasar treinta horas bajo el <Oído Electrónico>.

Primer día: Un ordenador escupe el programa de sesiones. <Se aconseja no leer ni escribir, me dice la azafata. Encontrará unos puzzles y unos lápices de colores. Puede también no hacer nada, incluso dormir: el trabajo en el oído se hace de todos modos. Si se siente mal o se marea, puede descansar cinco minutos>

En la sala hay una decena de personas, cada uno con su casco negro con un vibrador plano en lo alto del cráneo. Ancianos caballeros muy dignos, amas de casa con sus labores, estudiantes silenciosos… Nadie me mira. La música –de Mozart- se derrama por los cascos. El sonido sube hacia los agudos, luego se mueve de izquierda a derecha; y recomienza. Ante mí, en una mesita, unas hojas de papel blancas y unos lápices. ¿Y si tratara de garabatear? Dos horas más tarde, en la calle, repaso mentalmente, me siento ligero, un poco aturdido. Vaya, no tengo ganas de fumar.

Segundo día: Esta vez, Mozart tan agudo que ya no parece música. Se diría la resaca de un mar, en una infinita playa de gravilla, o un enjambre de saltamontes dentro de mi cabeza. Es bastante siniestro, pero de agradable cosquilleo.

Tercer día: Me sorprendo de los curiosos dibujos que salen de los lápices, como si fueran a su aire. Unos paisajes, unos animales, unas caras, muchas imágenes acuáticas. Cuarto día: Me siento en forma desde hace unos días, me despierto pronto, con la cabeza despejada, un poco eufórico, bebo más y fumo menos.

Octavo día: Ahora incluyen <lecturas>. Casco sobre la cabeza, micro delante, leo y me oigo con una voz deformada por los filtros.

Noveno día: En cinco dibujos, he representado, sin darme cuenta, un recorrido que se parece sorprendentemente a un parto.

Décimo día: Estoy en menos forma, comienzo a acusar la fatiga de todos esos desplazamientos que se añaden a la jornada de trabajo.

Doceavo día: ¡De mal humor y deprimido! Los dibujos cambian de estilo: se acabó el agua y los arco iris, las formas son explosivas, punzantes, llenas de rayos, de garabatos retorcidos, ganchos…

 

Quinceavo día: ¡Uf! Se acabó. ¡Solo tengo ganas de dormir!

Nuevo test de escucha. Una <psico-fonóloga> con una bata verde me muestra los gráficos: las curvas de los dos oídos se han vuelto casi iguales y la pendiente más regular. Sin embargo Bata Verde no parece muy satisfecha. Yo tampoco <en este estadio, hay mucha tensión, fatiga y una tendencia a la depresión. Es normal. Hay que dejarlo descansar durante cuatro semanas, aproximadamente, y luego hacer unas quince horas más>. Un mes más tarde, retomo las sesiones, y recupero una euforia dulce. Pero al cabo de unos días eso se estropea, tengo una crisis de angustia o de furor. Descanso una semana, luego recomienzo y todo se calma. Los últimos días, me aburro, ya no tengo ganas de dibujar, ya no tengo inspiración, tengo la impresión de haber terminado el viaje. ¿El resultado? Positivo, a pesar de que no es una poción mágica ni las <capacidades colosales> vaticinadas por Tomatis. Alguna cosa se ha movido en mi cabeza. He vuelto a tocar el piano, las preocupaciones y los líos me afectan menos, abro mucho más la boca – para bien y para mal – Dicho esto, hay que tener algo de dinero: el programa seguido ¡me costó 7.000 francos!.

Última entrevista con Tomatis. Comemos juntos, en el centro, en sus apartamentos privados. Por toda comida se traga dos manzanas. Ese tipo es un reclamo vivo de su método: duerme cuatro horas cada noche, trabaja y viaja todo el año sin parar, y su buen humor perpetuo me causa una viva sorpresa.

Observa mis test y mis dibujos. <Encontramos los mismos símbolos en todos los pacientes. La araña, el insecto, ¿sabe quien es? Es mamá. Las imágenes solares son las llamadas al padre. Ahí recuerdos intrauterinos. Aquí el recorrido de la energía por los chakras – todos dibujan los chakras, incluso aquellos que nunca ha oído hablar de La India. Veremos aparecer el tema del ojo, el del agua, de despegue!… Y exactamente después, sin saberlo, ¡ha dibujado el oído interno!

<De hecho, ese es el recorrido que habría hecho con un psicoanálisis durante años. Pero esto va más rápido, y lo hace sin depender de un terapeuta>.

                                                                                 J-P L.

***

Jean-Pierre Lantin a fait une cure d’oreille electronique et testé ses capacités d’écoute. Voyage dans un labyrinthe fabuleux : l’oreille.

Article paru dans ACTUEL mars 1990

Entrons dans l’oreille par le pavillon, ce beignet entortillé, devenu chez l’homme un bout de cartilage sans grande importance. Un pavillon d’oreille sert, chez les mammifères, à orienter et concentrer le son en direction du tympan, mais nos lobes aplatis sont un vestige de l’évolution. Consolons-nous : les oiseaux ou les dauphins n’ont aucun lobe externe, juste un petit trou dans le crâne. Pourtant, ils entendent mieux que nous.

Avançons de quelques centimètres dans le conduit auditif, jusqu’au tympan. L’essentiel de l’oreille commence ici. Et l’anatomie se complique méchamment.

Imaginez une petite membrane tendue, un genre de peau de tambour d’un centimètre carré, qui résonne. Et là le mystère commence le tympan vibre, certes, mais ses battements sont infimes.

Pour les sons les plus aigus, il bouge sur moins d’un angström, le dixième du diamètre d’une molécule d’hydrogène : une énergie tout à fait insuffisante pour transmettre un message au cerveau.

Il va falloir amplifier le son. C’est le rôle des mécanismes raffinés qui sui-vent, l’oreille moyenne et l’oreille interne, des relais, fantastiquement miniaturisés et précis Ils ressemblent à une grappe de bidules gluants, entre Salvador Dali, Jérôme Bosch et Alien. Un enchevêtrement gordien d’osselets, de muscles, de membranes, de vésicules, de tubes, de canaux, de cavités…

On a découvert ce capharnaum sous la Renaissance italienne, au XVIe siècle, grâce aux grands dissecteurs, Vésale, Ingrassia, Eustachio, Fallopio. Quatre siècles plus tard, on n’a pas encore tout compris…

Voici d’abord le rocher, qui encastre le tout : une sculpture osseuse, une excroissance de l’os temporal, dense comme l’ivoire, le bloc le plus dur de tout le squelette humain. Il fallait ça pour protéger les mécaniques de précision.

La première, l’oreille moyenne, occupe le volume d’un morceau de sucre : un en-grenage de trois osselets, sur une distance d’un centimètre : le marteau, l’enclume et l’étrier (celui-là mesure à peine la taille d’un grain de riz). Le son se propage de l’un à l’autre, il passe aussi sur les côtés par « conduction osseuse », et il percute une autre membrane, la « fenêtre ovale », un mini-tympan, d’un millimètre carré. Durant ce court voyage, l’énergie du son a été concentrée et multipliée par cent quatre-vingt.

Mais l’oreille moyenne sert aussi à se défendre contre le son. Elle protège les organes les plus délicats retranchés derrière la fenêtre ovale. En cas de tintamarre, des muscles raidissent le tympan et dévient les trois osselets.

Nous passons ensuite dans le sanctuaire de l’oreille : le labyrinthe, l’oreille interne.

Deux vésicules, trois tuyaux recourbés comme des anses et un tortillon enroulé comme un escargot. L’ensemble grand comme l’extrémité du petit doigt.

A partir de là, tout baigne dans le liquide.

L’oreille interne a préservé, au fond de notre crâne, un vestige aquatique, un microcosme de l’océan primitif. L’audition est née dans l’eau, avec toutes les créatures vivantes. Or, l’eau est meilleure conductrice du son que l’air. Quatre fois plus rapide et beaucoup plus vibrante.

Dans ce labyrinthe, deux organes, chacun branché directement sur le cerveau, accomplissent deux fonctions différentes.’ Le premier, le plus ancien dans l’évolution s’appelle le vestibule, il est formé de deux sacs et de trois tubes recourbés en anse. C’est l’organe de l’équilibre, qui renseigne le cerveau sur la position du corps et des membres dans l’espace. Comment ? Grâce au jeu de nos vibrations internes qui viennent secouer dans ses tuyaux des milliers de minuscules cailloux de calcium en suspension sur une couche de gelée.

Quand ce système lâche, le vertige vous prend, personne ne tient plus debout.

Le deuxième organe de l’oreille interne, la clé de voûte de l’audition, s’appelle la cochlée et possède une structure en colimaçon. Son fonctionnement fut longtemps un mystère. Jusqu’à Georg von Békésy, en

  1. Cet ingénieur des téléphones de Budapest, ce génial constructeur de maquettes d’oreilles, de modèles en métal et en caoutchouc, de micro-outils chirurgicaux et de procédés micro-photographiques pour vi-sualiser le trajet du son dans des cochlées disséquées, a obtenu le prix Nobel en 1961. L’oreille le fascinait. Voici ce qu’il découvrit : le mini-tympan de la fenêtre ovale bat contre les liquides internes et crée des vagues.

Les vagues se propagent sur toute la longueur de la cochlée, font trois tours et demi dans le tortillon, et se dissipent sur une membrane en contact avec l’air. Au cours de ce circuit, chaque vague atteint un pic d’ondulation, sur un endroit précis de la cochlée. L’impact a lieu sur une membrane enroulée à l’intérieur de la cochlée, fine et tendue à l’entrée, épaisse et molle au fond de la coquille. Les fréquences aiguës tapent sur la partie tendue et les graves sur la partie molle, le reste entre les deux.

Ainsi s’opère, mécaniquement et géométriquement, le tri entre les sons.

A ce stade, il reste un dernier gouffre à franchir, entre l’énergie mécanique du son et l’énergie électrique de l’influx nerveux dans le cerveau.

C’est l’œuvre des vingt-cinq mille cellules de Corti, saupoudrées sur toute la surface gélatineuse de la membrane. Chacune est à la fois un capteur et une centrale électrique. La centrale électrique, comme dans n’importe quelle cellule, est une mitochondrie. Mais le capteur est un appendice unique en son genre. Avec lui, on touche à la préhistoire absolue de l’oreille. Le tout premier organe sensoriel, la première ébauche de la conscience chez un être vivant. Ce capteur ancestral, c’est le poil.

   Oui, le poil. Les biologistes disent plutôt le cil et parlent de cellule ciliées, mais en anglais on dit hair-cells: cellules poilues.

   Le cil remonte à un des plus anciens êtres vivants sur terre : le flagellé, une unique cellule, pourvu d’un unique poil, qui lui permet de se propulser dans l’eau et de réagir aux vibrations qui l’entourent.

   Cet ancêtre donna naissance à des cellules auditives poilues, avec, dans chaque cellule, des poils par dizaines, par centaines. Autour d’eux, des organes se mettent bien-tôt en place l’un après l’autre. Le caillou calcaire qui flotte dans une vésicule -l’oreille primitive – sera une invention des méduses microscopiques. Puis voici les premiers canaux du vestibule chez les ostracodermes, les premiers animaux pourvus d’un squelette, il y a trois cents millions d’années.

   L’audition fine démarre avec les premiers animaux terrestres. Le tympan et les osselets apparaissent chez les batraciens, et les premières cochlées chez les sauriens et les oiseaux. Tous ont une oreille liquide au fond du crâne – sauf les insectes, qui possèdent juste un tympan, une pastille collée sur le thorax, à la base des ailes ou sur les pattes. Simple, mais efficace : beaucoup d’insectes perçoivent des ultra-sons.

   Et voici les oreilles les plus perfectionnées de la création : celles de la chauve-souris et celles du dauphin. Tous deux pratiquent l’écho-location. En lançant des cris ou des clics suraigus et en analysant l’écho renvoyé, ils se font une image mentale du monde plus précise que la vue. La performance exige une hyper-sensibilité aux aigus. Les mesures en hertz (un hertz équivaut à une vibration par seconde) : de 100 à 20000 hertz pour l’audition humaine, et au-delà, les ultra-sons, jusqu’à 120000 hertz pour la chauve-souris et 170 000 hertz pour le dauphin…

   Tout cela grâce aux cellules poilues !

   Or, le poil n’a pas révélé tous ses mystères. Une révolution eut lieu dans les années quatre-vingt. Depuis, le poil défie la science.

   Après les travaux de von Békésy, il restait un doute. Les calculs des physiciens sur la transmission des vibrations ne donnaient toujours pas une amplification suffisante pour atteindre le cerveau.

   La solution vient à partir de 1978. Des chercheurs anglais et suédois proposent une nouvelle théorie du poil. Après des années d’incrédulité massive chez les confrères, ils ont connu, il y a trois mois, la consécration finale : un article dans Nature, la bible mensuelle des biologistes. Leur trouvaille : il existe deux couches de cellules ciliées, et deux fonctions distinctes pour le poil. Sur la couche interne, les cils servent bien de capteurs sensoriels, mais sur la couche ex-terne la machinerie est musculaire. Une cel-lule sensorielle enregistre passivement les vibrations grâce au déplacement du poil. Une cellule musculaire actionne elle-même le poil, elle le contracte, elle crée de l’énergie.

   On a enfin trouvé l’amplificateur man-quant. Mais une énigme demeure : comment le son se transmet à l’échelle atomique et sub-atomique ? Prenez les intensités infimes et les sons très aigus. D’après les calculs, les poils devraient être bombardés, au même niveau sonore, par les bruits parasites venus de leur propre machinerie cellulaire. Or il n’en est rien, seuls les bruits venus de l’extérieur sont pris en compte. Réponse probable : des phénomènes d’« ordre par fluctuation » interviendraient, une biochimie « loin de l’équilibre » (chère à Prigogine) qu’on commence à peine à pouvoir analyser, à l’aide des équations de la physique quantique et des mathématiques du chaos.

   De son côté, la science du cerveau apporte, elle aussi, des éléments nouveaux. Dans le cerveau, il n’y a plus de son en tant que tel, mais un code d’impulsions électriques qui suit un chemin compliqué, à travers cinq ou six centres relais, sur les-quels il reste beaucoup à découvrir. On a déchiffré le code électrique et un neurologue français, Patrick Macleod, a pu créer les premières prothèses auditives directement raccordées sur le cerveau.

   A chaque relais, le message sonore subit un tri, une élimination progressive d’informations jugées inutiles. Une partie des sons est perçue sans mobiliser l’attention, comme un « bruit de fond ». Une autre partie, étudiée ces dernières années par une équipe canadienne, n’atteint même pas la conscience : des sons minuscules, impossibles à entendre, subliminaux.

Pourtant, un morceau du cerveau les perçoit, même quand on les mélange à de la musique audible ! On l’a prouvé quand des patients sous hypnose ont pu reprononcer des phrases qu’on leur avait chuchotées en « son subliminal ». Cette tech-nique sert aujourd’hui aux cassettes de relaxation et les chercheurs espèrent lui trouver des applications en psychothérapie.

   Notre oreille possède donc une sensibilité vertigineuse. C’est un engin phénoménal et doué, pourquoi pas, de pouvoirs encore impensables…

   C’est ici qu’intervient Alfred Tomatis, le chercheur monomaniaque de l’oreille. Un Français. Le bonhomme vient d’avoir soixante-dix ans. Depuis les années 50, il accumule les trouvailles. Certains chercheurs le considèrent comme un iconoclaste, sinon un charlatan. Mais des milliers de musiciens et de chanteurs ainsi que des sourds, des bègues, des enfants handicapés ou des dépressifs ont utilisé ses appareils de rééducation de l’oreille Il m’a fallu trois bons mois pour me faire une opinion. J’ai même confié mes oreilles, moi aussi, à ses drôles d’écouteurs.

   Et voici toute l’histoire. Entre 1945 et 1950, Alfred Tomatis, jeune médecin ORL (oto-rhino-laryngologiste) soigne les ouvriers des Arsenaux de l’Aéronautique, des gens qui travaillent au milieu d’un boucan épouvantable. Il installe à ses frais un laboratoire dans une cave à charbon, et me-sure les courbes d’audition, c’est-à-dire la sensibilité aux différentes fréquences sonores, des plus graves aux plus aiguës. Les premières surprises déboulent.

   D’abord, l’« audiogramme » d’un même ouvrier peut changer selon son état d’esprit – s’il craint d’être licencié ou s’il espère une pension. Et sans falsifier consciemment: l’oreille ajuste et bricole sans qu’on ne lui ait rien demandé. Deuxième surprise, les ouvriers développent des surdités sélectives aux sons qui les agressent le plus, mais dès qu’ils sont à la retraite, certains retrouvent spontanément une audition normale. Conclusion: l’oreille intervient activement dans la perception sélective des sons, par des mécanismes encore inconnus.

   A force de collecter des audiogrammes, Tomatis repère aussi des similitudes bizarres : des maladies, des types physiques ou des traits de caractère se traduisent sur la courbe d’audition, sous forme de surdité ou d’hypersensibilité à certaines fréquences.

   La deuxième série d’expériences a lieu avec des chanteurs d’opéra – des collègues du père de Tomatis, artiste lyrique réputé. Et là encore, il observe l’imprévu.

   Les chanteurs fatigués croient avoir un problème au larynx, mais les médicaments ne font aucun effet, et Tomatis s’étonne de n’observer aucune corrélation entre la forme ou la taille du larynx et la tessiture vocale – basse, baryton ou ténor. A tout hasard, Tomatis leur fait passer les tests audiométriques mis au point pour les ouvriers. La courbe auditive, elle, s’avère bien spécifique pour chaque type de voix. Et il y découvre des trous, ou « scotomes » : leur oreille, abîmée par le volume sonore qu’elle subit soir après soir, perçoit mal certaines fréquences aiguës, correspondant aux harmoniques des notes qu’ils n’arrivent plus à chanter juste.

   Et Tomatis lance sa première maxime à l’emporte-pièce : « On chante avec son oreille ».

   Comment aller plus loin ? Dans un casque ou un haut-parleur, on peut supprimer ou renforcer des fréquences, grâce aux filtres. Tomatis coiffe ses patients d’un casque et, les fait chanter pendant qu’il tra-fique les filtres. Ses hypothèses se confirment. Tout change : le timbre de la voix, le sens du rythme, la justesse, la maîtrise technique…

   Il s’amuse même à reconstituer, d’après l’analyse de la voix sur les disques, la courbe d’audition de Caruso, le chanteur légendaire entre tous. Et quand il installe dans le casque une « écoute carusienne » (Caruso, à la suite d’une opération, était pratiquement sourd de l’oreille gauche et entendait très peu les basses), ses patients, chanteurs ou pas, se mettent à vocaliser avec le même timbre que Caruso – en plus, ça les rend euphoriques.

   Les effets portent surtout sur l’oreille droite. Lorsqu’on supprime dans le casque l’audition à droite, un chanteur perd tous ses moyens. Conclusion : il existe une « oreille directrice » qui contrôle la voix, pour le chant comme pour le langage parlé, et c’est la droite. La raison : chaque oreille communique directement avec l’hémisphère opposé du cerveau, et l’oreille droite renvoie au cerveau gauche, celui du langage.

   Un jour, Zino Francescatti, le grand violoniste, déclare avoir mal aux bras ou aux doigts sous certains filtrages, et Tomatis file dans une nouvelle direction : dès qu’on modifie l’audition, la voix change, mais aussi la posture, le contrôle des mouvements, l’humeur. Tout le corps réagit, et la tête aussi.

Evidemment, l’effet ne fonctionne que sous le casque. Mais si on arrivait à le rendre durable ? Tomatis imagine un système de « bascule » entre les filtres qui fait passer instantanément de l’écoute normale à l’écoute souhaitée, et vice-versa, régulièrement, pendant des heures…

   Et ça marche. La courbe auditive se transforme, l’oreille apprend à percevoir certaines fréquences ou à « viser les sons » à droite. On peut soigner des surdités, des problèmes vocaux, et peut-être d’autres choses. Tomatis fait breveter le système en 1954 sous le nom d’Oreille électronique.

   Au début des années 50, Tomatis défriche un nouveau domaine qui va assurer jusqu’à aujourd’hui une grande partie des activités de ses centres : le langage.

   Si vous avez du mal à comprendre ou à prononcer l’anglais, c’est que votre oreille française n’arrive pas à percevoir certaines fréquences aiguës très courantes en anglais. Certaines langues sont plus riches que d’autre en fréquences extrêmes – le russe par exemple. D’où la facilité déconcertante des Russes pour apprendre les langues. Et les difficultés des Français! Car notre langue, hélas, réside dans une bande de fréquences étroite, vers le bas du spectre sonore.

   L’Oreille électronique arrive à reconditionner l’audition, elle rend l’apprentissage plus rapide. La méthode est appliquée aujourd’hui non seulement dans les centres Tomatis, mais dans les laboratoires de langues un peu partout dans le monde.

   Les premières expériences sur des lycéens donnent des résultats curieux : les élèves s’améliorent aussi dans d’autres matières, leur mémoire et leur attention sont en progrès, surtout chez les « dyslexiques », ces cancres pas cons qui ont du mal à se concentrer en classe et n’arrivent pas à digérer la syntaxe et l’orthographe. Bientôt, Tomatis leur propose de nouveaux programmes de sons filtrés.

   Les dyslexiques, selon lui, souffrent de blocages auditifs. Leur oreille s’est fermée, pour des raisons psychologiques qui remontent à la petite enfance, à des fréquences qui véhiculent le langage et ils n’ont pas acquis la « latéralité », l’écoute directrice par l’oreille droite. Là encore, l’Oreille électronique peut redresser la situation.

   Décidément, Tomatis tient une piste qui l’emmène très loin du point de départ. Et il n’est pas au bout de ses surprises. Les idées se bousculent au portillon, il expérimente sans arrêt. C’est un bosseur fou, il ne pense qu’à ça, il y passe sa vie, au milieu de tout son barda électronique, et comme tout ça coûte horriblement cher et qu’il s’est endetté jusqu’à la moelle, il joue du bistouri dans tout Paris, sur les amygdales des marmots ou l’oreille interne des sourds.

A l’époque, en 1955, il pèse cent vingt kilos, il a de l’eczéma et de l’asthme, et pour couronner le tout, il fait trois infarctus !

Persuadé qu’il ne lui reste plus que quelques années à vivre, Tomatis redouble le forcing sur le front théorique et met au clair ses idées hérétiques sur la nature de l’oreille humaine.

   Selon lui, à partir du tympan, le son se communique par conduction osseuse jusqu’à la cochlée. Le rôle des trois osselets, des muscles qui les actionnent et des fluides internes consiste non pas à transmettre le son, mais au contraire à l’amortir, à le réguler, afin d’adapter l’audition à l’environnement acoustique et aux besoins inconscients du cerveau. Ce qui explique les blocages auditifs d’origine psychologique et l’effet de la rééducation électronique.

   Autre hérésie tomatisienne : le vestibule fait bien plus qu’assurer le sens de l’équilibre, il exerce un contrôle sur l’ensemble du corps – les membres, les organes, les muscles, la peau. D’où l’inscription des ma-ladies et des particularités physiques sur la courbe d’audition, et l’effet en retour d’une rééducation auditive sur tout le corps. Aujourd’hui, des centres Tomatis en Italie traitent la scoliose sous oreille électronique.

   Enfin, troisième hérésie : la détection des sons ne constituerait qu’une des fonctions de l’oreille. L’autre fonction, tout aussi importante, assurerait la recharge du cerveau en potentiel électrique !

   Tomatis s’appuie sur les travaux de neurologues canadiens qui ont étudié les privations sensorielles : un cerveau a besoin de stimulations, trois milliards d’impulsions par seconde pendant au moins quatre heures et demie par jour… Selon Tomatis, les neuf dixièmes de ces stimulations viennent de l’oreille, et plus précisément des sons aigus, puisque, dans la cochlée, quelques centaines de cellules ciliées captent les sons graves, et plusieurs dizaines de milliers les aigus.

   Bref, l’oreille serait beaucoup plus que ce qu’on croit : non seulement un organe sensoriel, mais un « intégrateur » du corps et une dynamo du cerveau !

   En fait, Tomatis s’est tellement enthousiasmé pour son sujet qu’il en a fait l’alpha et l’oméga de la condition humaine : tout ce que nous sommes, nous le devons à l’oreille, ou plutôt à l’Ecoute, la grande force inductrice qui pilote l’évolution des espèces pour en faire des capteurs de plus en plus subtils et perfectionnés, des antennes à l’écoute de l’univers.

   Ainsi, c’est l’oreille qui déclenche l’élaboration du système nerveux, depuis le poil du flagellé jusqu’à notre cerveau sculpté par et pour le langage. Et c’est pour mieux entendre que nous nous tenons debout, les ajouts successifs dans l’oreille interne poussent peu à peu les espèces vers la verticalité. Et ce qui nous attend… Tomatis s’avoue, effrontément, mystique quand il évoque l’avenir lointain, une Ecoute qui s’étendrait jusqu’aux confins de l’univers et jusqu’au Verbe divin.

   L’oreille toute puissante naît dans la nuit des temps, mais aussi dans la « nuit utérine ». Et voici un autre pan de ses recherches. Vers 1955, Tomatis est le premier, et pendant longtemps le seul, à soutenir une hypothèse aujourd’hui indiscutable : dans le ventre de la mère, le fœtus écoute.

   Les indices: l’oreille est le premier organe sensoriel à apparaître dans la genèse de l’embryon, dès les premières semaines de la grossesse. Et le seul à se retrouver complet et en état de marche bien avant l’accouchement, au bout de quatre mois et demi environ. Autres pistes : des oiseaux couvés par une femelle d’une autre espèce adoptent dès leur naissance le chant de leur mère couveuse, et des nouveau-nés humains sont capables de distinguer, dans les secondes qui suivent l’accouchement, la voix de leur mère de celle de toute autre femme.

   Le travail de Tomatis: d’abord, enregistrer les bruits intra-utérins avec des micros appliqués sur le ventre des femmes enceintes. Ça donne une bande sonore plutôt dantesque : il y a le martèlement de la pompe cardiaque, le ressac de la respiration, les grondements de la digestion, les gargouillements des liquides internes, et tous les frottements provoqués par les mouvements de la mère : un grand orchestre viscéral !

   Est-ce vraiment tout ce que le fœtus entend? Non, explique Tomatis. Car il y a un retournement imprévu. Ces bruits sont trop agressifs, trop envahissants. Si le fœtus les écoutait vraiment, il serait assourdi en permanence. Son oreille a donc coupé la partie trop encombrée de la bande passante, et perçoit surtout les sons aigus, au-dessus de 1 000 hertz.

   Et qu’entend-t-il ? Avant tout, la voix de sa mère ! Elle lui parvient par conduction osseuse, à travers la colonne vertébrale, pour s’amplifier dans la caisse de résonance formée par le bassin. Ce murmure suraigu est en fait notre « bain sonique » prénatal, celui dont nous garderons à jamais le souvenir, enfoui, inconscient, mais indélébile…

   La première démonstration a lieu par hasard. Tomatis fait entendre à un ami sa reconstitution d’un « accouchement sonique », le passage de l’audition liquidienne, intra-utérine, à l’audition aérienne. L’ami a une petite fille de neuf ans, elle assiste à la séance. Et soudain, elle s’écrie : « Je vois deux anges blancs ! Et je vois ma-man ! ». Ahurissement général. On lui demande d’en dire plus, elle s’étend dans la position de l’accouchée, les jambes écartées : « Comme ça… »

   Quelques semaines plus tard, Tomatis reçoit Françoise Dolto. Elle a entendu parler de l’accouchement sonique et veut l’essayer sur un de ses patients, un schizophrène de 11 ans, qui, d’après elle, «n’a pas encore accouché ». Tomatis raconte :

   «C’était un enfant infernal, irascible, sans cesse agité, ne tenant pas en place et cassant tout sur son passage. Sitôt le bouton start enfoncé, il s’arrêta net, puis se dirigea tranquillement vers la porte et éteignit la lumière.

   «Nous le vîmes glisser devant nous, venir s’asseoir sur les genoux de sa mère, lui prendre le bras, s’en entourer et retrouver la position fœtale. »

   L’accouchement sonique a lieu la semaine suivante.

   «Je m’occupai de la descente vers l’accouchement sonique. Les filtres devenaient moins puissants, laissant passer davantage de sons graves. Le garçon se met alors à babiller, comme le ferait un nourrisson. La bande terminée, il se lève, se dirige vers l’interrupteur, rallume, et retourne auprès de sa mère. C’était l’hiver. Elle avait gardé sur elle son manteau qu’elle s’était contentée de dégrafer. L’enfant le reboutonna. »

   Pour Dolto, le symbole est clair. L’enfant a enfin quitté sa mère, il a fermé l’orifice.

   Mais, un peu plus tard, il fait une rechute et tente de se blesser en se griffant le visage. Dolto en conclut que la technique est trop violente et imprévisible, et préfère en rester là. Tomatis, lui, persiste. Il est sans doute allé trop vite, il faut raffiner la méthode. En tout cas, avec la voix de la mère filtrée, Tomatis dispose d’un nouvel outil de thérapie et d’expérimentation.

   Je suis allé écouter le résultat au centre Tomatis de Paris, où l’on croise pas mal d’enfants très atteints – du tout petit mouflet complètement zombie à la grande fille bébête qui braille ou pouffe de rire. Dans la salle des magnétophones, un technicien m’a tendu un casque et j’ai entendu…

   Canal Plus en crypté!… Honnêtement, c’est la meilleure comparaison qui me vienne à l’esprit. Strictement rien à voir avec une voix humaine, plutôt un crissement électronique suraigu. Un vilain bruit, croyez-moi.

   Puis la blouse blanche m’emmène dans la petite salle pour enfants, jonchée de coussins et de joujoux. Il y a là quatre marmots, le casque sur la tête, un cinquième vient d’arriver, l’air très agité, on lui passe la bande que je viens d’entendre. Il chausse le casque, et d’un seul coup il fond en larmes ! A côté, un autre dodeline la tête en fredonnant « ma-ma, ma-ma ».

   Impressionnant.

                                                                                                     Jean-Pierre Lentin

J’ai suivi pendant deux mois la « cure Tomatis »

Par l’oreille, on traite aussi toutes sortes de problèmes psychologiques. Je suis donc arrivé avec mes petites névroses, et j’ai chaussé les écouteurs…

Le centre Tomatis de Paris : face au parc Monceau, un immense appartement aux plafonds lambrissés, transformé en labyrinthe. Cabines, boxes, bureaux, salles des machines, montagnes de magnétophones… Pour moi, tout commence dans une cabine minuscule, pour mon « test d’écoute ». Je lève la main dis que j’entends les sons électroniques qu’on m’envoie, dans des écouteurs puis des « vibreurs » posés sur le front et derrière l’oreille. Enfin, un appareil analyse le spectre sonore de ma voix. « Suivez-moi, le Professeur va vous recevoir. » Une blouse rose m’introduit dans une grande pièce presque vide : deux sculptures, une corbeille de fleurs, un bureau de plastique noir et rien dessus, sauf les résultats de mon test. Et derrière, raide comme la Justice, chauve comme un œuf, Alfred Tomatis. Souriant, mince, en tunique i col rond, il est loin de faire ses 70 ans. Quant à ses oreilles, elles sont franchement hors normes – deux petits choux-fleurs décollés ! « Vous avez une très bonne oreille droite, une oreille de musicien, de linguiste ou de psychologue. L’ennui, c’est que vous ne vous en servez pas I Vous faites tout passer par l’oreille gauche, ce qui vous pompe votre énergie, parce que le circuit neuronal est plus long. Le blocage date de l’enfance, il vous Isole et assourdit la communication. Bon, on va vous remettre tout ça d’aplomb. Vous verrez, vous aurez des capacités de concentration colossales ! » Prochain rendez-vous après les séances. J’ai trente heures à passer sous « l’Oreille électronique ».

Premier jour. Un ordinateur sort le programme des séances. « On vous conseille de ne pas lire ou écrire, me dit l’hôtesse. Vous trouverez des puzzles et des crayons de couleurs. Vous pouvez aussi ne rien faire et même dormir : le travail de l’oreille se fait quand même. Si vous ressentez un malaise ou une nausée, arrêtez cinq minutes. » Nous sommes une dizaine dans la salle, chacun sous un casque noir augmenté d’un vibreur plat sur le haut du crâne. Vieux messieurs dignes, ménagères avec leur tricot, étudiants boutonneux… Personne ne me jette un regard. La musique – du Mozart – démarre dans les écouteurs. Le son file vers l’aigu, puis bouge de gauche à droite ; retour à la normale, et ça recommence. Devant moi, sur la tablette, des feuilles blanches et des crayons. Si j’essayais de gribouiller î Deux heures plus tard, dans la rue, je me tâte mentalement Je me sens léger, un peu groggy. Tiens, je n’ai pas eu envie de fumer.

Deuxième jour. Cette fois, du Mozart si aigu que ça ne ressemble plus à de la musique. On dirait le ressac d’un océan sur une infinité de gravillons, ou un essaim de criquets au fond de mon crâne. C’est assez laid, mais agréablement chatouilleur.

Troisième jour. Je suis surpris par les drôles de formes que dessinent les crayons, comme de leur propre gré. Des paysages, des animaux, des visages, beaucoup d’images aquatiques. Quatrième jour. J’ai plutôt la pêche depuis quelques jours, je me réveille plus tôt, l’esprit clair, je picole et je fume moins.

Huitième jour. Maintenant, il y a aussi des «lectures». Casque sur la tête, devant un micro, je lis et j’entends ma voix déformée par les filtrages.

Neuvième jour. En cinq dessins, j’ai représenté, sans m’en rendre compte, un parcours qui ressemble diablement à un accouchement.

Dixième jour. J’ai moins la forme. Je commence à accuser la fatigue de tous ces déplacements qui s’ajoutent aux journées de boulot.

Douzième jour. Grogne et déprime ! Les dessins changent de style : finis l’eau et les arcs-en-ciel, les formes explosent, hérissées de pointes, de piquants, de crocs…

Quinzième jour. Ouf ! Terminé ! Une seule envie: dormir…

Nouveau test d’écoute. Une « psycho-phonologue » en blouse verte me montre les graphiques : les courbes des deux oreilles sont devenues à peu près semblables et leur pente est plus régulière. Néanmoins, Blouse Verte n’a pas l’air satisfait. Moi non plus. « A ce stade il y a beaucoup de tension, de la fatigue, une tendance à la dépression. C’est normal. Il faut laisser reposer pendant quatre semaines environ, puis refaire une quinzaine d’heures. » Un mois plus tard, j’ai repris les séances, et retrouvé une euphorie douce. Mais au bout de quelques jours ça se gâte, j’ai des crises d’angoisse ou de fureur. J’arrête une semaine, je recommence, et tout se calme. Les derniers jours, je m’ennuie : plus envie de dessiner, plus d’inspiration, j’ai l’impression d’avoir achevé le voyage. Le résultat ? Positif, même si ce n’est pas la potion magique et les « capacités colossales » prédites par Tomatis. Quelque chose a bougé dans ma tête. Je me suis remis au piano, je me laisse moins abattre par les emmerdements et j’ouvre beaucoup plus ma gueule – pour le meilleur et pour le pire… Cela dit, il faut avoir les moyens : le programme que j’ai suivi coûte dans les 7 000 francs !

Dernier rendez-vous avec Tomatis. Nous déjeunons ensemble, au centre, dans ses appartements privés.

Pour tout repas, il avale deux pommes. Ce type est une réclame vivante pour sa méthode : il dort quatre heures par nuit, travaille et voyage toute l’année sans jamais s’arrêter, et sa bonne humeur perpétuelle m’estomaque.

Il regarde mes tests et mes dessins. « On retrouve les mêmes symboles chez tous mes patients. L’araignée, l’insecte, vous savez qui c’est ? C’est maman. Les images solaires sont des appels au père. Là, des souvenirs intra-utérins. Et ici le parcours de l’énergie a travers les chakras – tout le monde dessine des chakras, même ceux qui n’ont jamais entendu parier de l’Inde. On va voir apparaître le thème de l’œil, celui de l’eau, de l’envol… Et juste après vous avez dessiné, sans le savoir, l’oreille interne !

«En fait, c’est un raccourci de ce que vous auriez fait en psychanalyse pendant des années. Mais ça va plus vite, et vous le faites sans dépendre d’un thérapeute. »

                                                                                                   J.-P.L.